
Es muy probable que en algún momento se haya tropezado con la inevitable y peripatética presencia del parlanchín. Este pintoresco espécimen esculpe sus sueños con el cincel del protagonismo. Nada ni nadie lo detiene. Su decidida silueta se lanza sobre el micrófono que soñó en todos y cada uno de los sueños de sus noches y de sus días de siesta telenovela incluida. Se aferra a él con la misma firmeza que el gimnasta agarra las anillas con polvo de magnesio y, comienza a degustar su ansiada representación de bufón insatisfecho.
Hay parlanchines, de todas las categorías o divisiones: los de primera suelen ser los alcahuetes de los dirigentes, alcahuetes chupa chup, que gestionan con oportunismo la “cultura” institucional. Capaces de mantener la sonrisa y el buen tono aunque les estén pasando los “huevos por agua”.
Los parlanchines de escenario que aprovechan para leer farragosos comunicados de solidaridad, de gratitud y cosas por el estilo, demostrando lo bien que saben leer. Pero con la cara dura que se adquiere cuando se ha formado en las denigrantes aulas de la Universidad de Trepalandia.
Otros son los parlanchines de segunda división, se conforman con amplificar su bobería de turno desafinando con sus sandeces, suelen ser principiantes y de tercera, insufribles, estos aparecen seis o siete veces en el escenario, entre las distintas actuaciones, y al final acumula un tiempo insufrible.
Pero de entre todos los parlanchines, la figura que despierta más curiosidad de todas y que merece un estudio aparte es el parlanchín de escenario de fiestas de barrio. Son los que conforman la cuarta y última división. Cualquier evento festero le vale para escenificar todo su repertorio de vocero frustrado. Eso sí, lo hacen con toda la buena intención del mundo. Aunque a veces las buenas intenciones incordien tanto o más que las malas.
Y se siente el hombre más feliz del mundo compartiendo el superávit de su felicidad con el familiar que, desde algún lugar cercano inmortaliza el momento con la videocámara que le regaló el generoso Melchor.


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